MARATÓN DE MEDELLÍN 2017. ¡HAGÁMOSLE QUE HIJUEPUTAS!

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Mi camiseta para la carrera.

Acá estoy otra vez, en un lugar que me causa orgullo, temor y pasión: la salida de mi tercer maratón. Con los mismos nervios de siempre. Sin haber dormido casi la noche anterior. Pensando en cada uno de los kilómetros que me esperan, los cuales a diferencia de las otras maratones, conozco al detalle. Sintiendo el peso de la responsabilidad de cumplir con los donantes para las casas de la fundación, con mis amigos, equipo y familia, con la ciudad donde vivo, pero en especial la necesidad de cumplir conmigo y vencer este miedo que me engarrota los músculos, aún sin empezar.

Le tengo terror a esta carrera. Sé dónde está cada subida y bajada. Sé lo duro que se puede poner el clima al medio día que es la hora en que debo estar terminando. Sé de la soledad que sentiré una vez se separe el grupo de 21K y tomemos esa interminable Avenida Las Vegas. Sé que mis músculos protestan muchas veces en forma de calambres, cuando he corrido por más de 3 horas.

Y apenas dan la salida me concentro en esa frase que traigo impresa en mi espalda, cedida por Camilo Merchán un gran atleta y amigo: “hagámosle, que hijueputas”.

Pero organicemos esto desde el principio. Teníamos como objetivo en este 2017, correr el Maratón de Fort Lauderdale, los medios maratones de Barranquilla, Cali, Bogotá y Medellín. Y cerrar el año con el Maratón de Chicago. En éste último, mi esposa Silvia haría su debut en los 42K. Pero como pensar y querer es una cosa y hacer es otra, por motivos de salud Silvia no pudo entrenar como debería hacerlo para esa distancia. Además, la situación económica de estos últimos meses, se había complicado un poco y no era prudente hacer ese gasto.

 

Entonces, cambio de planes. Aplazamos Chicago para el año entrante, corrí el medio maratón de La Ceja y me inscribí para Medellín en los 42K. Traigo muchos kilómetros este año. Además de los 4 Medios y el Maratón corridos, este año no he sufrido lesiones y he podido entrenar muy bien. Incluso ya mejoré mis marcas para los 10K y los 21K, nada del otro mundo, pero pequeñas satisfacciones. Lo más importante, ya creo haber entendido el delicado equilibrio entre hacer marcas propias mejores y disfrutar las carreras. Ese es el objetivo del Maratón de Medellín, tratar de mejorar un poco mi tiempo, pero disfrutando la carrera. No quiero que sea un sufrimiento. Sé que me voy a preocupar y cansar, pero no voy a permitir que sea un martirio. A gozar.

 

Este año hay cosas muy especiales para la carrera: Pedro, mi cuñado que vive en Bogotá está conmigo para correr sus segundos 42k; mi hijo Daniel no va a estar este año, pues se encuentra de intercambio en Australia (¡cómo te extraño compadre!!!); Silvia va a correr 21k, con muy poco entrenamiento pero confiando en el fondo conseguido después de tantas carreras; Nati está con sus pupilas que van con todo para hacer una gran carrera; Oscar y Luis David no nos podrán acompañar por una calamidad doméstica; de nuestro equipo solo Andrés, Paula, Aleja, Eduardo y yo vamos a correr los 42K, los demás 21K como preparación de Chicago. Y en especial, unos jóvenes excelentes atletas, pero mejores personas, me han aceptado en su grupo para recoger fondos, con el fin de construir unas casas para familias que están en una difícil situación. El grupo tiene una fundación: Pasos de Felicidad. La idea era conseguir donantes, que aportaran mil pesos por cada kilómetro recorrido. Con mi familia, amigos, compañeros de trabajo, etc., tuve la gran fortuna de conseguir 42 donantes para mis 42K. Entonces les escribí dedicándole un kilómetro a cada uno y tengo la firme decisión de cumplirles, a pesar del miedo. Estoy muy orgulloso de poder haber tenido la oportunidad de ayudar. Estos muchachos son unos ángeles para esas familias. Son un ejemplo y van en mi corazón.

 

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Estos son parte de los héroes de Pasos De Felicidad.

Como ya dije, la noche previa no dormí casi nada. A las 3 a.m. estamos despiertos preparándonos el desayuno. El estómago está funcionando bien. No hay dolores en el cuerpo. Una pequeña molestia que tenía hace 2 días en la garganta, se fue. Llovió toda la noche, pero ya no. Ojalá sigan pasando cosas buenas.

Llegamos muy temprano al punto de salida. Esa era la idea, poder parquear con tiempo y caminar sin afán hasta el Parque de Las Luces, de donde parte la carrera. Apenas ingresamos, empezamos a encontrarnos con muchos amigos: Juan y sus súper atletas de Go Runers; Juan Mejía que se enfrenta a su primer maratón cuando hace un año pesaba 106 kilos; Caliche corriendo otra media maratón; Tavo un veteranazo que vuela; Nati buscando sus chicas poderosas; Y muchos otros.

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Lo mejor, los amigos.

Calentamos un poco trotando, pero sin hacer mucho esfuerzo. Siempre he tenido la mala idea de que cualquier paso que doy en el calentamiento, ese paso me va a hacer falta al final de la carrera. Se hace un homenaje a un atleta que murió el día anterior en un accidente de tránsito, cuando viajaba desde Ibagué a correr esta carrera. Muy emotivo.

Nos avisan que vamos saliendo de la zona de calentamiento a buscar puesto en la salida. No quiero quedar muy adelante, pero finalmente me dejo llevar. Mala idea. Quedamos muy cerca de la línea de partida, donde no me siento nada cómodo. Soy muy lento y sé que le voy a estorbar a mucha gente. Pero ya no puedo hacer nada. Me despido de Silvia y de Pedro. Organizo el reloj aunque no pienso mirarlo hasta que llegue y como me ha fallado en otras carreras largas, no tengo ninguna expectativa en que funcione bien. Otro objetivo, cuando pueda me voy a comprar un reloj mejor…o de pronto no y no vuelvo a usar, no importa, no es una prioridad, ni en esta carrera ni en ninguna más.

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Listos que esto va a empezar.

Entonces continúo en donde empecé este relato. ¡Nos fuimos!!! Claro, difícil correr los primeros metros, mucha gente y estorbo mucho. Busco los mejores lugares para que la gente pase sin inconvenientes y más o menos lo logro. Esta carrera la tengo divida en tramos: San Juan, la 80, la 70, la 30, Guayabal, la 12 sur, la Regional, las Vegas hacia el sur y las Vegas hacia el norte. Ja ja ja ja, suena muy sencillo. El clima está muy bien, nada de calor pero mucha humedad, aunque si el sol se demora un poco en salir, será mucha la ayuda.

La subida de San Juan que son algo más de 3 kilómetros, la tomo suave. Como es de esperarse, me pasa mucha gente, yo paso algunos, pero son muchos más los que me pasan. La camiseta empieza a tener efecto. Oigo mucha gente que se acerca y cuando ve la frase se ríe o grita: “Eso Jota, hagámosle que hijueputas”. Otros me dicen que les gusta la frase y alguno que la van a poner en sus próximas camisetas. Esa era la intención secundaria, que la gente disfrutara. La primaria es aplicar literalmente lo escrito: hacerle sin pensar en nada, solo disfrutando y sin angustias por lo que falta.

Listo, coronamos San Juan. Nada de dolores. Nada de cansancios prematuros. Lo único visible es que estoy sudando como un animal. Siempre sudo mucho, pero siento que esta vez estoy exagerando. Apenas en el kilómetro 5 y ya la camiseta está totalmente emparamada. Tomo nota mental de esto para no descuidar la hidratación, los geles, las sales y comer algo. La 80 es un paseo de calentamiento, sigo lento pero sé que estoy lejos de hacer tiempos que pongan en peligro la llegada dentro de los márgenes que dio la carrera. Debo terminar antes de 5:30 horas, lo que quiere decir, que en el peor de los casos debo estar haciendo a 7:50 minutos el kilómetro. Aunque no miro el reloj, sé que voy mucho mejor que eso. Debo estar por los lados de 6:15, por lo que ese ahorrito me puede servir mucho al final, cuando el cansancio me haga disminuir mucho la velocidad.

Tomamos la 70 y lo primero que nos recibe es una calle de honor que hacen unos soldados del Batallón de Infantería #32. Gritan, aplauden, chocan las manos de los atletas, agitan unas banderas de Colombia. Esto me llena de orgullo y de ánimos. Gran detalle de estos muchachos. Pasando el batallón, quedamos al lado de la pista del aeropuerto Olaya Herrera y esto hace que pueda mirar sin obstáculos a mucha distancia hacia el sur y hacia el norte de la ciudad. Veo que el cielo se ha cerrado más. No hay posibilidades de sol, pero sí de lluvia. Me preocupa un poco correr con los tenis mojados. Pero mejor frío que calor. En esas estoy cuando me pasan las Catas: Cata Berdugo y Cata Osorio. Unas tesas de Go Run que van por su primer maratón. Hicimos juntos un entrenamiento largo de 30k y vuelan, son muy fuertes. Van tranquilas y felices. Me alegra ver que van a hacer muy buenos tiempos y seguro con ese paso van a terminar sin muchos problemas.

Llega Juanes, un amigazo de carreras. Es una persona mucho más joven que yo. Corremos más o menos a la misma velocidad. Acaba de ser padre por segunda vez y me alegra mucho encontrármelo. Hablamos y me acompaña durante algunos kilómetros. Esto hace que me olvide de todo lo que falta. Paso con él el kilómetro 10 y de inmediato me tomo el primer gel y las segundas pastillas de sales, pues me tomé otras dos a la salida de la carrera. Voy con Juanes hasta el punto del terror, ese sitio donde los de 21k siguen por la 30 y los de 42k nos desviamos por Guayabal. Me alienta y se despide. Muchos de los corredores de 21k nos gritan y nos animan a los que vamos por los 42k. Esto es lo mejor de correr. Disfrutamos de los triunfos de los demás como si fueran nuestros.

Ahora si comienza lo duro, no física sino mentalmente. La avenida Guayabal es una vía muy amplia. Tenemos para nosotros todo un costado de 3 carriles y como en realidad somos muy pocos los de 42k, y además la mayoría son rápidos, apenas si veo algunos atletas adelante y unos pocos detrás. Acá no hay público, solo carros pitando y conductores furiosos porque nosotros vamos pasando. Algún día tendremos la cultura suficiente para aceptar esto. Entre otras cosas, porque la espera es poca ya que venimos muy separados y en esos intervalos los agentes de tránsito les dan vía. Me encuentro al profe Alfonso y a Carolina, que alegría verlos. Él es el hombre que me prepara los planes de entrenamiento y está pendiente de que los cumplamos. Llego a la 12 sur y tomamos rumbo al oriente, hacia la glorieta de la Aguacatala. Vengo bastante bien, pero como he tomado mucho líquido estoy que me reviento de las ganas de entrar al baño. Me acerco a una estación de gasolina, pero el baño está ocupado y hay gente en fila. Entonces, hagámosle que hijueputas, ya vendrá un sitio donde pueda entrar.

Empezamos a correr hacia el sur por la Avenida Regional. Encuentro un corredor que se llama Camilo. Viene bastante bien. Es su primer Maratón, pero no tiene problemas por ahora. Hablamos un rato en especial sobre el tema de que ya vamos a llegar a la mitad de la carrera. Y entonces, salimos a la avenida las Vegas. De acá hasta Sabaneta hay dos condiciones difíciles. Primero, es una sola avenida por más de 8 kilómetros. Segundo, es un falso plan en subida y sé que esta será la parte más difícil de la carrera. Paso el puente de la 4 Sur y otra alegría: Maria Paulina, Andrés, Elías y Daniel están bajo el puente animando a todos nuestros corredores. Todos ellos son súper atletas que no pudieron correr esta vez por diferentes causas. Ese ánimo me despeja la mente del miedo de lo que hay por recorrer. Solo me preocupa una vaina, me estoy reventando por ir al baño. Y no hay baños. Bueno, después de EAFIT no hay público y muy pocos corredores. Por primera vez en mi vida busco refugio detrás de un árbol y descanso esa presión en mi cuerpo. No estoy orgulloso de eso, pero si quedo livianito.

Ahora voy solo, algunos me pasan y yo paso a otros, pero nadie va a mi ritmo.  Mejor porque no quiero que me vayan a reventar. Malo, porque sería de gran ayuda alguien con quien distraerme un poco de esta monótona avenida. Llegando a Envigado el otro Profe, Hernán. Me saluda y me anima mucho. Espero encontrar a Natalia, una compañera de la oficina, que me iba a esperar después de Peldar con un banano y un Gatorade como recarga para el momento. Tengo hambre y sé que esto me va a caer muy bien. Creo que está allí. No, seguro un poco más adelante. Tampoco. ¡No está!!! No puede ser, venía muy confiado en este refuerzo y eso me pega muy duro en el ánimo. Y ahora el falso plan y los kilómetros están afectando de forma importante mis fuerzas. En este tramo solo nos dan agua y aunque me tomé el gel y las pastillas nuevamente en el kilómetro 20, necesito algo más que agua. Será aguantar un poco.

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Cansado, pero aún con fuerzas.

Voy llegando a Mayorca. Ya queda poco del falso plan. Me siento cansado y con hambre. Estoy corriendo solo hace algunos kilómetros. Veo la gente que regresa ya por el otro costado. En realidad voy preocupado. Los demonios de mi mente me hacen poner en alerta: Hay Jota, si acá vas cansado, como será cuando estés por el kilómetro 35. Voy disfrutando pero igualmente voy preocupado. Pero como son las cosas: llega Nati. Me alcanza y nos vamos a un paso cómodo. Ella es mucho más fuerte que yo, pero la altura de Medellín y la capacidad que tiene para ayudar a los demás, hace que corramos juntos. Hablamos en algunos tramos, en otros solo nos acompañamos. Vamos con la firme intención de pasar ese kilómetro 28 que marcará el retorno hacia el norte y la búsqueda definitiva de la meta. Y lo pasamos. Con un gran madrazo de ambos, dejamos atrás este durísimo tramo. Estoy cansado, pero sé que puedo terminar la carrera si regulo y divido lo que falta en pequeños logros.

Nati me acompaña otro rato. Llegando al kilómetro 30 me pasa su termo, pues no guardé agua y me tomo el último gel y las últimas 2 pastillas de sales, de acá a la meta. Le digo a Nati que fresca, que siga, que apenas termine con el gel y las pastillas la alcanzo. Pobre Nati. Se quedó sin compañero y sin termo. Ella toma un mejor paso, pues conmigo iba muy limitada y veo como se aleja poco a poco mientras yo no puedo hacer nada por alcanzarla. No me preocupa no poder correr junto a ella, me preocupa su termo. Pero ya no hay nada que hacer, se fue. Y tengo dos problemas: uno es que me mata el remordimiento de saber que la dejé sin su bebida mágica; y dos, ya empecé a sentir el hormigueo de la deshidratación en mis manos y el termo me estorba muchísimo. Y como no es la primera vez que me pasa, sé que el hormigueo no hará más que aumentar hasta cubrir completamente mis dos brazos. En esos pensamientos estoy cuando aparece la carpa salvadora de Nati y Bibi. Me dan agua, pero en especial me dan un banano!!! Me lo como con mucha ansiedad. Demasiada. Casi me vomito y me queda una sensación de obstrucción en la garganta un poco molesta. Pero comí y sé que esto me va a ayudar mucho a terminar.

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¿Jota dónde está mi termo?

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¡El bendito termo!

Estoy por el kilómetro 32. Voy cansado pero ya se acabó el falso plan de subida, ahora me toca bajando un poco. Empiezo a dividir la carrera en tramos más cortos. Hasta Mayorca y llego. Hasta el Éxito de Envigado y también llego. Y aparece Natalia la compañera de trabajo, me dice que estaba preocupada porque no me vio pasar en la subida. Me entrega un Gatorade completo. Me lo tomo casi todo y siento que voy a recuperar un poco de fuerzas.

Antes de la glorieta del Éxito de Envigado, otra vez el profe Alfonso. Y entrando a Medellín el profe Hernán. Como quisiera poder expresar toda mi agradecimiento por su ayuda. A él le dejo el termo de Nati, no puedo cargarlo más.

Kilómetro 36, Ya corro por inercia. Se agotaron todas las fuerzas, menos la de voluntad. Ahora si voy muy despacio. Sé que es cuestión de regularme y terminar con dignidad.  Por primera vez en la carrera hay sol y empieza a hacer calor. Animo a un joven que me ha pasado varias veces y luego camina. Ya sé que voy a llegar. No tengo dolores, solo mucho cansancio. Eso está bien. Llegando al kilómetro 40 veo al muchacho que me ha pasado. Está arrodillado sobre la vía y con la cabeza abajo. Hablo con él. Le muestro el aviso que dice que solo faltan 2 kilómetros. Le digo que ya no es justo que se vaya a rendir, después de tanto esfuerzo. Lo ayudo a levantarse y se va conmigo. Aparecen Jorge y su familia. Él es un gran atleta y entrenador, y mejor amigo. Se vinieron desde la meta a buscarme y acompañarme en este último tramo. Me alientan, me echan agua, animan también al muchacho que viene conmigo. ¿Habrá alguna forma de medir el impacto que tiene este gran gesto? ¿Cómo se agradece eso? No creo encontrar las palabras adecuadas para explicar lo que esta ayuda significa.

 

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Jorge, el gran amigo que me acompañó los últimos 2 kilómetros y Camilo feliz de haber terminado su primer maratón.

Último kilómetro. Aparecen los muchachos de la fundación Pasos de Felicidad y me reciben como si fuera el campeón. Se van con nosotros pitando, gritando, animando. Me quitan mi gorra y me ponen una de la fundación que es la que tiene el súper poder para terminar, según me dice Susana (el alma de la fundación). Al mismo tiempo llega Silvia para terminar estos últimos metros conmigo. Ya vi la meta. La bulla que hace la familia de Jorge, los muchachos de la fundación, Silvia, mi equipo en la meta y otros conocidos, es monumental. Muchas personas se asoman a mirar quién está llegando tan importante. Ja ja ja, no es más que el viejo Jota que llora de felicidad por terminar su tercer maratón y al que no le cabe la alegría y el agradecimiento con todos los que me apoyaron para cumplir este logro.

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¿Y esa bulla? ¿Llegó alguien importante? Naaaaa, solo es Jota llorando como nena pero muy bien acompañado.

Se acabó. Me entregan la medalla. Que orgulloso me siento. Abrazos con todos. Llega Camilo. Me encuentro a Yadi. Abrazo con Nati y le digo que no tengo su termo jejeje. Todo es muy rápido. Todo es muy bonito. Miro la meta y pienso que es otra carrera que no pudo conmigo. ¿Dura? ¡Durísima!!! Pero se pudo. En mi tatuaje aparecerá: Medellín 09 17 17. Temporada terminada: 2 maratones, 4 medios maratones, varias carreras entre 10 y 15 kilómetros y muchos más kilómetros de entrenamientos. Y todo valió la pena.

Ahora cuando me dicen: “¿y vas a seguir corriendo?”, mi respuesta es muy clara: “por supuesto, HAGÁMOSLE QUE HIJUEPUTAS”. Hasta el último kilómetro.

P.D.: Ah, ¿y el reloj? Pues volvió a sacar la mano no sé en qué momento. En todo caso mi registro oficial fue 5:07:08, nuevo record de la tortuga. ¿Y saben qué? Esta carrera me confirmó que no necesito reloj para nada. Está decidido, ¡no vuelvo a usar reloj!!! Jejeje.

JORGE MARIO SIERRA MARÍN

MARATONISTA

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